EL DÍA QUE EN BAZARRA ABANDONARON A UNA ESPOSA

Una historia real de carretera, matrimonios y mucha paciencia.

Estación de Servicio Bazarra – Cee (A Coruña)

Tres generaciones, miles de historias y un matrimonio inolvidable

Las estaciones de servicio españolas son mucho más que lugares donde repostar combustible. Son puntos de encuentro, lugares de paso, refugios de viajeros y, en muchas ocasiones, escenarios de historias que difícilmente podrían imaginarse.

Algunas gasolineras, como la Estación de Servicio Bazarra, situada en Cee, en plena Costa da Morte gallega, llevan generaciones siendo testigos de la vida que transcurre por nuestras carreteras.

Fundada por D. Marcos Villar Graíño, Bazarra es hoy una empresa familiar que ha llegado a su tercera generación, conservando algo que nunca debería perderse: el trato humano, la cercanía con los clientes y la vocación de servicio.

Después de tantos años, hemos vivido prácticamente de todo: averías, urgencias, viajeros despistados, clientes entrañables y situaciones que todavía recordamos entre risas.

Pero hay una historia que, sin duda, ocupa un lugar privilegiado en nuestro particular libro de anécdotas.

Porque en Bazarra, a diferencia de esas historias que todos hemos escuchado sobre personas que abandonan a sus perros durante las vacaciones, un día alguien se olvidó de algo bastante más importante: ¡de su propia esposa!

Y lo peor de todo es que el marido tardó bastante en darse cuenta.

Todo comenzó una tranquila mañana de verano…

En verano, nuestra zona recibe miles de visitantes que se dirigen hacia Fisterra, uno de los destinos turísticos más emblemáticos de Galicia.

Entre ellos, numerosas autocaravanas procedentes de distintos lugares de España y Europa.

Aquel día, una autocaravana se detuvo junto a uno de nuestros surtidores.

Al volante viajaba un señor que, aparentemente, tenía bastante prisa. Mientras nuestro compañero le suministraba combustible, su esposa aprovechó para bajar por la puerta trasera del vehículo y dirigirse a los servicios de la estación.

El conductor permaneció cómodamente sentado al volante. Nuestro expendedor terminó de repostar, cobró en efectivo y se despidió con la habitual amabilidad.

El señor arrancó y continuó su viaje.

Hasta aquí, todo absolutamente normal.

Salvo por un pequeño detalle: su esposa seguía dentro del baño.

Y nadie, absolutamente nadie, se había dado cuenta.

«¿DÓNDE ESTÁ MI MARIDO?»

Unos minutos después, la señora salió tranquilamente de los servicios.

Miró hacia los surtidores.

Miró hacia el aparcamiento.

Volvió a mirar.

Su autocaravana había desaparecido.

Se acercó a uno de nuestros expendedores y, con una mezcla de sorpresa e indignación, lanzó una pregunta que aquel compañero jamás olvidaría:

—¡¡¿DÓNDE ESTÁ MI MARIDO?!!

El trabajador se quedó completamente paralizado.

No sabía quién era aquella señora, de qué marido le estaba hablando ni por qué suponía que nosotros debíamos conocer su paradero.

Intentó responder con educación:

—Perdone, señora… ¿su marido?

Pero ella insistió, elevando todavía más la voz:

—¡¡SÍ, MI MARIDO!! ¡¡¿DÓNDE ESTÁ?!!

Los compañeros comenzaron a mirarse unos a otros.

¿Había desaparecido alguien? ¿Se había perdido un cliente? ¿Qué estaba sucediendo?

Finalmente, entre preguntas y explicaciones, conseguimos comprender el misterio.

La señora había llegado en una autocaravana, había ido al baño y su marido había continuado el viaje sin ella.

Lo que todavía no sabíamos era que aquella explicación iba a ser la parte más tranquila de toda la historia.

Un matrimonio… y una larga lista de calificativos

Cuando la señora comprendió que su marido la había dejado en la gasolinera, comenzó una auténtica tormenta de reproches.

—¡¡SERÁ TONTO!!

—¡¡BURRO!!

—¡¡INEPTO!!

—¡¡PERO CÓMO SE PUEDE SER TAN DESPISTADO!!

Los compañeros intentaban tranquilizarla, pero cada intento parecía provocar un nuevo recuerdo de las supuestas pocas virtudes de su esposo.

La señora recorría nuestras instalaciones, siguiendo a los trabajadores y explicándoles, cada vez con mayor indignación, lo que pensaba de aquel hombre con el que había decidido compartir su vida.

Hasta que pronunció una frase que todavía hoy recordamos:

—¡¡QUÉ TONTA FUI POR CASARME CON SEMEJANTE FEO E IMPRESENTABLE!!

En ese momento comprendimos que el problema no era solamente que el marido se hubiera marchado sin ella.

Aquello parecía haber abierto de golpe el archivo completo de todas las discusiones matrimoniales acumuladas durante años.

Y nosotros, que únicamente pretendíamos vender combustible y atender a nuestros clientes, nos habíamos convertido inesperadamente en los confidentes de aquella crisis conyugal.

«¡Que venga el gerente!»

Los minutos pasaban.

Los compañeros seguían atendiendo vehículos, cobrando repostajes y, entre una operación y otra, escuchando las desventuras matrimoniales de nuestra inesperada visitante.

Como la situación no mejoraba, decidieron llamarme.

—Julio, ven un momento, por favor. Tenemos aquí a una señora que está muy alterada porque su marido se ha marchado sin ella y no conseguimos tranquilizarla.

Me acerqué pensando que, hablando con calma, conseguiríamos encontrar una solución.

Pero nada más presentarme, antes incluso de poder preguntarle su nombre o cómo podíamos localizar a su esposo, la señora me recibió con una nueva declaración:

—¡¡QUÉ TONTA FUI!! ¡¡YA ME LO DIJO MI PADRE!!

Me quedé mirándola.

—¿Qué le dijo su padre, señora?

Y entonces, con una indignación que parecía venir de muchos años atrás, respondió:

—¡¡NO TE CASES CON ÉL, QUE ES UN ATONTADO!! ¡¡ESO ME DIJO MI PADRE!! ¡¡Y QUÉ RAZÓN TENÍA!! ¡¡POR QUÉ NO LE HARÍA CASO!!

Confieso que en aquel momento comprendí dos cosas.

La primera, que localizar al marido no iba a ser tan sencillo como parecía.

Y la segunda, que el pobre suegro, aunque probablemente ya no estuviera presente, acababa de convertirse en el gran protagonista moral de aquella historia.

Cuarenta y cinco minutos que parecieron cuarenta y cinco años

En Bazarra siempre hemos defendido que trabajar en una estación de servicio exige mucho más que saber suministrar combustible.

Hay que tener paciencia, empatía, capacidad para resolver problemas y, en determinadas circunstancias, unos nervios de acero.

Aquel día pusimos todas esas cualidades a prueba.

Como la señora no conseguía tranquilizarse y sus comentarios sobre el marido se repetían sin descanso, decidimos organizarnos.

Un compañero la escuchaba unos minutos.

Después otro tomaba el relevo.

Mientras tanto, los demás continuaban atendiendo a nuestros clientes.

Sin pretenderlo, habíamos organizado un servicio de atención matrimonial por turnos.

Cada cierto tiempo, la señora recordaba una nueva cualidad negativa de su marido.

Y cada vez que parecía que se estaba calmando, volvía a comenzar:

—¡¡YA ME LO DECÍA MI PADRE!!

Aquello se convirtió en una especie de estribillo que todos terminamos conociendo de memoria.

Y así transcurrieron aproximadamente cuarenta y cinco minutos interminables.

Hasta que, por fin, sucedió el milagro.

El regreso del marido… y el comienzo de su verdadero problema

A lo lejos apareció una autocaravana.

Entró despacio en la estación.

Muy despacio.

Al volante venía un señor con una expresión que difícilmente podremos olvidar.

Su rostro reflejaba una mezcla de miedo, ansiedad y preocupación.

Era evidente que, en algún momento del trayecto, había descubierto que viajaba solo.

Y que acababa de comprender la magnitud de su despiste.

No sabemos cuántos kilómetros había recorrido antes de echar en falta a su esposa.

Tampoco sabemos qué pensamientos le acompañaron durante el camino de regreso.

Pero su cara lo decía absolutamente todo.

Aquel hombre no parecía venir a recoger a su mujer. Parecía dirigirse a escuchar una sentencia.

Cuando la señora vio aparecer la autocaravana, no necesitó que nadie le explicara nada.

Reconoció inmediatamente el vehículo.

Y también a su conductor.

Salió disparada hacia él mientras comenzaba de nuevo aquella interminable colección de improperios.

—¡¡YA ERA HORA!!

—¡¡PERO CÓMO SE PUEDE SER TAN…!!

Y, naturalmente, no podía faltar la frase estrella de aquella jornada:

—¡¡QUÉ RAZÓN TENÍA MI PADRE!!

El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar.

La señora subió a la autocaravana y ambos abandonaron nuestras instalaciones tan rápidamente como habían llegado.

No hubo despedidas.

No hubo agradecimientos.

Y, desde luego, tampoco hubo tiempo para preguntarles cómo pensaban continuar sus vacaciones.

Nos quedamos todos mirando cómo desaparecía la autocaravana carretera adelante.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Después nos miramos unos a otros.

Y finalmente llegaron las carcajadas.

Habíamos pasado casi una hora intentando resolver una situación que ninguno de nosotros habría imaginado al comenzar la jornada.

¿Y qué fue de aquel matrimonio?

Nunca volvimos a saber de ellos.

No sabemos si continuaron sus vacaciones hacia Fisterra.

No sabemos si el marido consiguió hacerse perdonar.

Tampoco sabemos si la señora terminó reconociendo alguna virtud en aquel hombre con el que se había casado en contra del consejo de su padre.

Lo único que sabemos con certeza es que aquella autocaravana salió de Bazarra con sus dos ocupantes.

Y que, después de lo sucedido, es bastante probable que aquel conductor no volviera a arrancar sin comprobar antes dónde estaba su esposa.

La verdadera historia de nuestras estaciones de servicio

Esta anécdota, que todavía recordamos con una sonrisa, representa algo muy especial de las estaciones de servicio tradicionales de España.

Durante décadas, miles de familias han dedicado su vida a atender a quienes recorren nuestras carreteras.

Hemos visto cambiar los vehículos, los combustibles, los sistemas de pago, las tecnologías y las necesidades de nuestros clientes.

Pero hay algo que permanece.

Detrás de cada surtidor sigue habiendo personas.

Personas capaces de atender una emergencia, ayudar a un viajero, resolver un imprevisto o, como nos sucedió aquel verano, acompañar durante cuarenta y cinco minutos a una señora que acababa de descubrir que su marido se había ido de vacaciones sin ella.

En Bazarra, después de tres generaciones de historia familiar iniciadas por D. Marcos Villar Graíño, seguimos convencidos de que nuestro verdadero patrimonio no son únicamente nuestras instalaciones.

Son nuestros trabajadores, nuestros clientes y todas esas pequeñas historias humanas que hemos vivido juntos.

Porque una estación de servicio no es solamente un lugar donde se reposta.

Es un lugar donde pasan cosas. Donde se ayuda a las personas. Y donde, de vez en cuando, también se salvan matrimonios… o al menos se consigue que vuelvan a viajar juntos.

Y desde aquel día, si alguna vez vemos una autocaravana que se dispone a abandonar nuestras instalaciones, no podemos evitar recordar aquella historia.

Porque en Bazarra hemos aprendido una lección que no aparece en ningún manual de formación de expendedores:

«Antes de abandonar la estación de servicio, compruebe el combustible, cierre bien el depósito… ¡Y ASEGÚRESE DE QUE LLEVA A SU MUJER!»

Estación de Servicio Bazarra – Cee, A Coruña.

Tres generaciones al servicio de las personas. Y miles de historias que contar.

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