Mi vida escolar en Boimorto: una historia real

Lo que aprendí en el colegio de mi pueblo.

Hablar de mi etapa en el Colegio Público de Boimorto es como abrir una caja llena de emociones, vivencias y amistades que marcaron mi vida para siempre. Aquel pequeño colegio de un pueblo gallego, donde crecimos, aprendimos y forjamos lazos que siguen vivos hoy en día, es parte esencial de mi historia.

En esas aulas viví historias intensas, momentos alegres y también complicados, como los que atraviesa cualquier niño mientras crece. Tuve la suerte de encontrar profesores que dejaron una huella profunda en mí, maestros que no solo enseñaban materias, sino también valores. Y, sobre todo, encontré allí amigos de verdad, de esos que siguen a tu lado toda la vida.

Recuerdo con claridad esos más de 25 alumnos por clase. Siempre éramos los mismos, desde segundo hasta octavo curso. Ese compañerismo constante nos permitió conocernos muy bien, crear vínculos fuertes y vivir una infancia compartida en toda su intensidad. Nos veíamos crecer, cambiar, vestirnos distinto con el paso de los años. Y ahora, mirando atrás, es increíble cómo mi memoria guarda con detalle las caras, las voces, las personalidades de cada uno.

Estaba el más listo, la niña más buena, los más traviesos, aquellos con quienes compartías los primeros amores, las risas interminables y los pequeños secretos que solo los adolescentes se entienden. Todo eso te marca para siempre. Y ahí estaban también esos profesores, serios pero cercanos, que no se olvidan nunca.

En aquellos años no se hablaba de bullying. Las pandillas se formaban y se rompían con facilidad, pero todos nos conocíamos y nos respetábamos. Era un respeto natural, que no necesitaba reglas escritas. Casi todos teníamos hermanos, y eso generaba una red de cuidado. Si tu amigo tenía un hermano pequeño, lo protegías sin que nadie te lo pidiera. Y si tenía un hermano mayor, te sentías protegido tú. Además, a los hermanos mayores de tus amigos les debías respeto. Se respetaba a todos los mayores: padres, hermanos, profesores y también a los padres de tus amigos. Era una norma no escrita, pero muy real.

Las instalaciones del colegio eran modestas. No había pistas deportivas. Lo que teníamos era un terreno, dividido en distintas zonas. En una de ellas, los niños mayores habían colocado unas porterías de fútbol improvisadas. Allí se jugaban varios partidos a la vez. En días buenos, llegábamos a ver hasta cuatro balones y ocho equipos compartiendo el mismo campo. Cada equipo tenía sus reglas, no escritas, pero respetadas. No había árbitros, pero sí justicia: si hacías una falta o cometías un penalti, lo sabías y lo aceptabas. Si no, no podías seguir jugando. Lo único que no existía en aquel entonces era el fuera de juego. Las pelotas eran privadas, así que si querías jugar, necesitabas hacerte amigo del dueño del balón.

Y si no te elegían para jugar, no pasaba nada. No había frustración. Había alternativas: las canicas, con solo un compañero, una canica y un pequeño hoyo. Las niñas saltaban a la comba, a la mariola o a la goma, con canciones que aún resuenan en la memoria. Compartíamos todo: cuerdas, gomas, trozos de terreno, espacios. Aprendimos a convivir, a ceder y a esperar turno. Las normas nacían de la costumbre, no del reglamento.

Cuando llovía, nos refugiábamos en el patio cubierto. Era pequeño y no se podía jugar al fútbol, así que cambiábamos de juegos. Jugábamos al burro, al pilla-pilla, siempre teniendo cuidado con los más pequeños. En ese espacio reducido también lo pasábamos bien. A veces había peleas, pero más que violencia, eran formas de marcar jerarquías. Los niños “matones” no infundían miedo; buscaban respeto. Y se les daba, porque eran parte del grupo.

Los amigos de esa época son irreemplazables. Empezando por los de Outeiro, con los que íbamos juntos al colegio: Mato, Manel y Bao. Ellos siguen siendo mis amigos de toda la vida. No solo compartimos clase, también vivíamos en la misma aldea, lo que ahora ya no ocurre. Pasábamos tanto tiempo juntos, que nuestras vivencias eran incluso más intensas que las de muchos hermanos. Con Mato compartí pupitre desde los primeros cursos hasta octavo.

En Boimorto también había personajes inolvidables. Carlos, el rey de las chuletas para copiar; Moncho, su hermano. Carlos López Gómez, el hijo del guardia civil, travieso, inquieto, inteligente y de gran corazón. Troitiña, el niño más rubio y revoltoso que podías encontrar; ni atado a la silla conseguía estarse quieto. Vilas, el niño que hacía cómics, con talento para el dibujo y la narración. Manolo de Toxo, ese niño guapo que jugaba tan bien al fútbol.

Y cómo olvidar a las niñas. Chus, la más lista y trabajadora, casi una madre para todos. Mari Carmen “la Farma”, tímida y buena, siempre jugando a la goma. Isabel Sesar, la delegada, de las más guapas y respetadas del colegio, la alumna perfecta. Maruchi, la más mayor, ya tenía novio y se maquillaba los ojos, toda una adelantada a su tiempo. Y Anita, mi amor secreto. Nunca fui capaz de pedirle que fuera mi novia, como se decía entonces: “¿quieres salir conmigo?”

Dejo muchos nombres sin citar, pero sé que cada uno fue importante. Estoy seguro de que mis compañeros completarán esta historia con sus recuerdos.

También quiero mencionar a algunos profesores, aunque sería imposible nombrarlos a todos. Doña Guadalupe fue una figura clave: recta, firme, pero con un corazón enorme. Imponía respeto y cariño al mismo tiempo. Ojalá todos los niños de hoy tuvieran una profesora como ella. Doña Marina, la más guapa, la más cariñosa. Don Jesús, con su memoria increíble, justo, atento y cercano a todos. Don Salvador, serio y estricto, casi imposible de copiarle en clase. Don Benito, el director, que hizo todo lo posible para que pudiéramos ir de excursión de fin de curso a Madrid. Ellos fueron más que profesores; fueron guías.

Es inevitable pensar en cuánto ha cambiado la educación desde los años 70 hasta hoy. Antes, con menos recursos, había más respeto, más convivencia, más autonomía entre los alumnos. Hoy los colegios están más tecnificados, las normas son más estrictas y los recreos más controlados. Pero creo que, a pesar de todo el avance, se ha perdido algo de aquella libertad tan rica en experiencias, de aquellas relaciones humanas que te enseñaban a convivir de verdad.

En 2017, nuestra generación del 67 se reunió de nuevo en Boimorto. Volvimos a vernos, a abrazarnos, a reírnos como si no hubiera pasado el tiempo. Creamos un grupo de WhatsApp que sigue activo, donde cada mañana alguien da los buenos días, te felicitan por tu cumpleaños o comparten noticias. Fue una reunión inolvidable. Y espero, con todo el corazón, que cuando cumplamos 60 años en 2027, volvamos a celebrarlo juntos, como hicimos cuando cumplimos 50.

Os dejo algunas de las mejores fotos de esa gran reunión. Gracias, compañeros. Os quiero a todos y os recuerdo muchísimo cada día de mi vida. Fuisteis y sois muy importantes para mí.

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